“Toda mi vida he huido de la posibilidad de caer en manos de la Gestapo”.
El testimonio de Charles Hasfeld, siempre huyendo de la posibilidad de caer en manos de la Gestapo.
En el Día Internacional de Conmemoración del Holocausto, recordamos a los seis millones de judíos asesinados durante el Holocausto y honramos a los sobrevivientes que han llevado adelante sus historias. Esas historias no son solo testimonios de pérdida, sino también ejemplos de resiliencia y del significado de “nunca más”.
Nos sentamos a conversar con Charles Hasfeld, un sobreviviente del Holocausto.
Charles Hasfeld, así se llamaba en su infancia. Un nombre que, como él mismo, nunca pudo quedarse en un solo lugar. Forzado a huir de un país a otro junto a su familia, su identidad se transformó con cada frontera atravesada. Nacido en Luxemburgo, donde se hablaba francés, Charles se convirtió en Carlos al llegar a España, cuando la lengua y el exilio hicieron difícil incluso pronunciar su nombre. Más tarde, en la búsqueda de un refugio definitivo, llegó a Israel, donde su nombre volvió a cambiar: Carol.
Ese recorrido, de Charles a Carlos y de Carlos a Carol, resume una vida marcada por el desarraigo. Sobreviviente del Holocausto, pasó su infancia y juventud huyendo de la Gestapo, creciendo sin territorio propio y sin la posibilidad de vivir abiertamente como judío. Hoy, ya en Israel, Carol vive en el hogar que construyó en Guivat Ada, cerca de Pardés Hanna.
Carol es el tercero de diez hermanos. Junto a su familia pasó la infancia y la juventud desplazándose de un lugar a otro, siempre en tránsito, sin estabilidad ni raíces permanentes. La persecución marcó incluso los nacimientos: cada hermano vino al mundo en un país distinto, Francia, España, Luxemburgo, Marruecos, reflejo de un exilio constante y forzado.
Desde muy pequeño, Carol tuvo que madurar antes de tiempo. La supervivencia familiar exigía responsabilidades que no correspondían a un niño. Tanto él como sus hermanos aprendieron pronto el oficio de su padre, la tapicería, trabajando donde podían. Pero esa posibilidad siempre era frágil. Bastaba con que su identidad judía fuera descubierta para que el trabajo terminara abruptamente, empujándolos de nuevo al camino, víctimas del antisemitismo que los perseguía incluso allí donde intentaban rehacer sus vidas.
Entre 1920 y 1948, Europa se volvió cada vez más hostil para los judíos. Ser judío no era solo un rasgo de identidad: parecía un pecado que condenaba a quienes lo portaban. Los cambios eran inmediatos y violentos cuando alguien revelaba su origen: despidos súbitos, expulsiones de hogares y escuelas, persecución constante. Cada país, cada ciudad, cerraba sus puertas, haciendo prácticamente imposible que los judíos pudieran vivir con normalidad. La vigilancia, el miedo al descubrimiento y la necesidad de ocultarse convirtieron la supervivencia en un acto de resistencia diaria.
“Toda mi vida he huido de la posibilidad de caer en manos de la Gestapo”, recuerda Carol. Desde niño, su existencia estuvo marcada por la persecución: noches de fuga silenciosa, mudanzas repentinas, siempre al borde del descubrimiento. Cada paso dependía de la discreción y el coraje de quienes arriesgaban sus vidas para protegerlos.
Finalmente, la familia llegó a Tánger, en Marruecos, frente al Estrecho de Gibraltar. Allí, la comunidad judía ofrecía un refugio temporal y una sensación de seguridad. Una familia judía ahí, la familia Ben Azaiag los acogió sin preguntas: les dio comida, un techo y un escondite improvisado en los estrechos almacenes de su edificio, un lugar reducido pero seguro para una familia de doce. En medio del miedo y la precariedad, esos pequeños actos de humanidad se convirtieron en la delgada línea entre la vida y la muerte.
No todos lograron escapar, y los sobrevivientes cargan con el recuerdo de quienes no pudieron salvarse. “Aquellos que no pudieron huir hoy están enterrados aquí o allá”, lamenta Carol.
Cuando nadie más podía protegerlos, existían manos invisibles que intervenían. La American Jewish Joint Distribution Committee, la organización humanitaria judía más grande del mundo, jugó un papel central, organizando rescates de los refugiados que vagaban de un país a otro, expulsados repetidamente, con el objetivo de llevarlos a Israel cuando fuera posible.
“Vienen a medianoche y te dicen: ‘tenemos que irnos’”, recuerda Carol. Un coche los recogía, los llevaba a la protección temporal de la American Joint, y desde allí coordinaban el siguiente tramo del viaje. A veces era un trayecto en coche o camioneta; otras, en pequeños barcos a remo, para finalmente llegar a un vapor que los transportaría mar adentro. “Una vez a bordo del vapor, sabías que estabas a salvo”.
En medio de la huida y la urgencia, Carol tenía a su novia. Las circunstancias eran complicadas: no podía llevarla a Israel a menos que se casaran. Con el tiempo justo y decisiones que no podían esperar, se casaron por la mañana. Esa misma tarde, Carol partió hacia Israel, recién casado, dejando atrás años de desplazamientos y peligro. “Me casé con ella por la mañana… y por la tarde nos recogieron para llevarnos a Israel”, recuerda.
Gracias a esta red de solidaridad, Carol y su familia lograron sobrevivir. En 1947, llegaron a Israel desde Marsella, Francia, bajo la custodia de la American Joint. Pero incluso allí, el camino hacia la seguridad no era sencillo.
En esos tiempos “El mandato británico no dejaba entrar a refugiados. Así que todos los que vinieron en estos tiempos a Israel vinieron de incógnito”. Aunque los británicos habían prometido apoyar un hogar judío, en la práctica implementaron leyes que limitaban la inmigración de refugiados. Sin la protección de la Haganá, muchos eran detenidos, deportados o encerrados en campos y cárceles por las autoridades británicas.
Tras años de incertidumbre y desplazamientos, Carol finalmente llegó a Pardes Hanna, donde por primera vez pudo vivir sin esconder su identidad. Formó su familia, tuvo tres hijos y sirvió en el ejército, dejando atrás el exilio y construyendo un hogar estable, fruto de la resistencia, la esperanza y la resiliencia.